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septiembre 18, 2020

Cómo perder a todos tus amigos

Me sentía como Hugo Reyes, el personaje de LOST. Estaba gafeado: todos mis amigos, las personas que me importaban más, estaban muertos o en otro país. Para colmo vivo en una isla, así que se podía decir que estaba «atrapado en la isla» mientras mis dos mejores amigos estaban a 7000 kilómetros de distancia y no me hablaban. Yo era Hugo. Hugo el gafe. Mejor alejarse de mí.

Todo empezó con mi abuelo; la única persona en quien confiaba totalmente. El único que no se burlaba de mí por como hablaba, quizá porque era sordo. Yo era un niño tímido en un ambiente en el que todos se burlaban de todos y mi abuelo era la única persona que me trataba con respeto. Sin darme órdenes, sin intentar «enseñarme» (ese tipo de manipulación pasiva que siempre he odiado tanto). Me trataba como una persona. Me quería. Era un niño y estaba convencido de que él era la única persona en todo el mundo que me quería de verdad. Una vez le hice una serie de preguntas en un papel. Había copiado las preguntas de las entrevistas que ponían al final de la revista dominical de el periódico El Comercio. Una de las preguntas era algo así como: «si volvieras a nacer, cómo te gustaría ser». Mi abuelo escribió: «Como tú». Fue una de las cosas más bonitas que me habían escrito hasta entonces. Le abracé y le di un beso en la mejilla áspera por su barba color plata.

Pocos meses después, estaba muerto. Cáncer. La persona más importante del mundo, el único que me trataba normal. ¿Qué iba a hacer sin él?

Seguí viviendo. Los humanos nos adaptamos a muchas cosas. Yo me adapté a vivir sin él. Fue doloroso, por supuesto y, en ciertos momentos (como ahora mismo), aún me duele y quiero llorar.

Cuando murió yo era un niño, pero me dije a mí mismo: «nunca vuelvas a sentir cariño por nadie». Me lo repetía una y otra vez. Tenía miedo de volver a perder a alguien a quien quisiera. Y así pasaron años.

Vine a la isla en donde aún estoy atrapado.

Me enamoré de alguien a los 20 y pico años. Claro que ya había tenido amagos de enamoramiento y cosas así, pero nunca como esta vez. Esta vez era correspondido y seguí siendo correspondido durante años. Fue una relación maravillosa. Me decía a mí mismo que hacíamos una pareja muy bonita. No voy a contar mucho sobre esta relación (porque merece un artículo entero. O un libro entero). La cuestión es que de pronto todo se fue al carajo. Caímos en un remolino en el que nos dañábamos mutuamente. Terminamos sin hablarnos durante varios meses. Nos reencontramos. Volvimos a pelearnos. Un día volvió e intentó chantajearme. Quería dinero a cambio de no revelar información confidencial que había conocido cuando estábamos juntos. Me lo quité de encima y bloqueé todo canal de contacto conmigo. Básicamente, desapareció de mi vida y yo desaparecí de la suya.

Pero durante todo este tiempo aún tengo la esperanza de volver a encontrarme con él. Así de idiota soy. No me entiendan mal: no quiero volver a toparme con la persona que él es ahora, sino con el chico de quien me enamoré, el chico con quien pasé 6 años estupendos de mi vida. Pero ese chico ya no existe y no va a volver jamás.

Este post iba a hablar sobre cómo perder amigos y hasta ahora sólo he escrito acerca de mi abuelo y mi ex. Pero es que ellos eran mis amigos. Eran mi familia, la gente que me importaba más que nada en el mundo.

De todas formas, aquí mis amigos:

Cuando terminé en la isla perdí a mis amigos del instituto. Mis mejores amigos fueron los del colegio Bethel. David, David, Cristina, María Isabel, etcétera. Son unos cuantos y saben que los quiero a todos y cada uno, pero a lo que iba. Cada vez que volvía a visitarlos nos organizábamos y hacíamos una gran reunión bethelina. Era genial. Comíamos, nos reíamos. Pero un año unos cuantos no pudieron venir. Al año siguiente, menos. La última vez que estuve en Lima ni siquiera organizamos nada. De todas formas, yo estaba ocupado con mi año sabático. Pero nadie dijo nada. Niños y el colegio. Bebés a quienes atender. Trabajos de 16 horas y cursos de especialización carísimos. Esposas y maridos a quienes atender. La vida adulta se había interpuesto en el camino. Mi tío me dijo que era normal, que a él también le había pasado con sus amigos. Dejaron de verse tanto entre los 30 y los 50 y pico por eso mismo: la vida. La familia. Las carreras. Me dijo que a los 50 y pico volveríamos a hacer esas reuniones. Estoy esperando con paciencia.

David y David eran mis mejores amigos.

David T. me ha bloqueado en todo. Facebook, Whatsapp, todo. A veces es una persona difícil, pero sigue siendo uno de mis mejores amigos. Creo que tiene depresión, pero siempre he confiado en que resurgirá de sus cenizas. David T., si estás leyendo esto: el alcohol es un depresivo, deja de beberlo y notarás una diferencia. No necesitas estar llorando todo el día para estar deprimido: en algunos casos (como sospecho que es el tuyo), la depresión también se manifiesta con rabia y enfado. Busca un profesional adecuado. O dos. Un psiquiatra y un psicólogo. Yo no soy ninguno de esos, así que no me hagas caso. Pero habla con uno o dos profesionales. No estás loco, estás un poco enfermo. Piensa en esto como en tener un lunar raro e ir a pedir cita con el dermatólogo para que te lo vea. O en sospechar que esa tos tan fea es una neumonía e ir a urgencias para que te vea un neumólogo. Sé que pedir cita con un psicólogo o un psiquiatra es difícil. Tu amigo es un hipocondríaco y visita cada año a su oftalmólogo para ver si se quedará ciego, a su dermatóloga para ver si tiene cáncer de piel, a su neumóloga para ver si tiene cáncer de pulmón y a su dentista para ver si se le van a caer los dientes. Pero incluso a mí se me hace difícil ir al psiquiatra. Y a veces necesitaría uno.

Bueno, David T. era mi mejor amigo y ahora no me habla. Supongo que no quiere saber de mí. De todas formas estaba a 7000 kilómetros de distancia y no podemos tomarnos una cerveza juntos.

David J. es mi otro mejor amigo. Tampoco me habla. En su caso quiero pensar que es por el trabajo. Tiene muchísimo trabajo y una vida social muy activa. Va a la iglesia, tiene novia y se van a casar pronto. Hace unos meses me pidió que fuera el padrino de su boda. Le dije que no podía viajar a Perú este año. Soy un capullo. Ahora tampoco me extraña que no me hable.

Hace años conocí a Kristine. Era una chica letona guapísima, de piel rosada, ojos azules estilo Asa Butterfield y cabello rubio real que le daría envidia a las niñas de las publi de champú Johnson. Por alguna razón el bisexual que hay en mí decidió invitarla a salir y estuvimos tonteando, para diversión de nuestras amigas, durante unas semanas (hasta que conocí al chico de quien me enamoré unos párrafos más arriba y mi yo bisexual volvió a meterse al armario). Después de dejar de salir como «chico y chica», Kristine se hizo novia de un tarado de Cuba. Bueno, por lo menos parecía que era feliz. Seguimos siendo amigos, aunque perdimos un poco el contacto. Un año después, cuando desperté, mi madre me dijo que Kristine había muerto. La había asesinado su ex-novio de Letonia.

Dieguito era un colega del trabajo. No supe que se llamaba Diego hasta que murió (por supuesto). Todos los días venía a saludarme: «¡Hola, Alfredo! ¿Qué tal el día?». No sólo se sabía mi nombre, sino que tomaba un rodeo largo sólo para ir a donde yo estaba para saludarme. No me había dado cuenta de esto hasta después de su muerte. Era un chico dulce, tranquilo. Me pregunto si yo le gustaba o algo. No lo sé. Pero sé que era agradable conmigo y creo que yo también era agradable con él. Un día cogió la escopeta de su padre y se pegó un tiro en la cabeza.

Debbie y Michael. Una pareja que conocí cuando iba por ahí buscando nueva peluquera. Mis peluqueras nunca duran. Se mudan de ciudad o cierran el negocio o lo que sea. Ambos eran de Inglaterra. Michael nació en Jamaica, pero ha vivido tanto tiempo en Inglaterra que es como si lo fuera. Adoraba cortarme el pelo con Debbie y Michael. Debbie era la peluquera y Michael no trabajaba, así que estaba ahí, charlando con los clientes. Ambos con mucha energía, muy agradables. Deb practicaba su español conmigo y yo mi inglés con ellos. Nos hicimos amigos. Salíamos a tomar un café o me traían a casa en su coche. Debbie hace un estofado delicioso. Me presentaron a su hija y a su nieto, un mulatito precioso. Uno o dos años después, Michael empezó a sentirse mal. Muy cansado. Era el corazón. Murió poco tiempo después. Al mismo tiempo en que Michael estaba siendo tratado por su corazón, descubrieron que Deb tenía cáncer. No puedo imaginar la fuerza de esa mujer: ver a tu marido muriendo mientras combates tu cáncer y aún así seguir con tanta energía. Finalmente, Deb volvió a Inglaterra y no la he vuelto a ver desde entonces.

Tengo más historias de amigos que he ido perdiendo por el camino. Algunos por mi mala suerte Hugoniana y otros porque he pasado de ellos.

Miki, por ejemplo, pasa de mí porque empecé a pasar de ella.

Empecé a ignorar a Tatiana y ahora tampoco me habla. A veces incluso la fastidiaba adrede como todo un antisocial. Soy una persona horrible.

Mis dos amigos húngaros, los únicos a quienes veía con asiduidad porque vivían cerca a casa, han decidido mudarse a Australia. De momento, ambos están trabajando muchísimo y a todas horas para ahorrar suficiente dinero para la mudanza. No les veo desde hace un par de meses. A veces creo que ignoran mis mensajes. Los consideraba mi familia.

Cómo perder a todos tus amigos

  1. Sé un gafe. Esto no lo puedes controlar.
  2. Cree que eres un gafe. Haz como Hugo y sepárate del resto de las personas que te importan. Métete a un psiquiátrico.
  3. Empieza a dejar de contestar mensajes y whatsapp. Deja todo en visto.
  4. Cuando llegues al trabajo, no hables con nadie y pon cara de culo. Céntrate sólo en el trabajo.
  5. Cuando pierdas a los amigos que tenías, no hagas nuevos amigos.
  6. Profit.

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